asesino en la carretera

canto para saber que estoy cantando

En el metro. Dentro. Escucho a alguien cantar flamenco. Patalea y hace palmas también. Me imagino un grupo de gitanos emuladores del gran Camarón. Prefiero no mirar. Llega mi parada, me levanto y la escena imaginada ni se parece. Son dos, uno se avergüenza de la situación. El otro es rubio. Ninguno es gitano. Son jóvenes. De la Trini o la Prospe, pienso yo. ¿Por qué hace un rato que ya no hay jaleo? Uno de seguridad del metro (de esos que dan miedo, que parecen sacados de la Naranja Mecánica) se ha puesto delante de ellos. Ellos sentados, él de pie, a una distancia prudencial, pero mirándoles, mirando sobre todo al rubio, y por eso ya no patalea ni hace palmas. Pero canta.  Le desafía con la mirada y canta. Cante puro, como el de Camarón. El de seguridad le sigue mirando, fijamente, como esperando un error, un sólo error, para ir a por él, pero no le dice nada. Que yo sepa no está prohibido cantar en el metro. El de seguridad lo sabe, el Camarón rubio y payo lo sabe. Su amigo lo sabe. Como yo lo sé. Llega mi parada y me bajo. No sé como acaba la historia. Tampoco sé a favor de quién voy.

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